lunes 8 Jun 2026
Pico y placa: 5 - 6

La política como oráculo

26 marzo 2022 5:06 pm
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Por Jacobo Giraldo Bedoya

Este año (como todos) es muy importante. Para el lector avisado, más importante será aún en caso de que vaya a votar, no importa por quién, a la Presidencia de Colombia. Precisamente esto es de lo que voy a hablar. Es cierto que es importante, pero ¿por qué es tan importante la política? Es una pregunta que no tendré la osadía de responder, te delego, lector, para resolver este interrogante de dudosa actualidad.

Por lo pronto, se hace evidente que hay un encuentro fortísimo entre dos discursos populistas, uno de derecha y otro de izquierda, pero aun así damos la bienvenida a las dinámicas de la democracia, aunque no se limite ahí. Pero por ahora hablemos de los candidatos. En parte, la competencia trata sobre quién tiende más a parecer “del pueblo”, quien habla más arrastrado, quién es mas ordinario.

El nivel de la política actual es tal que los votantes no intentan identificarse -no digamos ya comprender- con las políticas o las propuestas presentadas por tal o cual candidato, como si parece ser la intención identificarse con sus más arraigados prejuicios, por más absurdos que sean, por ejemplo, pensar que Putin es comunista y trama algo para implantar este sistema político en nuestro país, o Latinoamérica, o el mundo. Está muy claro que los amigos de las teorías de conspiración son también los amigos de las teorías de la salvación.

No sorprendería entonces que los candidatos empiecen a posar, no de intelectuales, no de estadistas, si no de personas ingenuas, de personas de “a pie”. Por supuesto, esto ya supone pensar que el votante promedio colombiano es una persona ingenua o desentendida. No sé si es verdad. Pero lo cierto es que, según escucho, el futuro del país está en manos de los candidatos, aunque muchos quisiéramos pensar que está en manos de los votantes. Se dice así porque los votantes, desprovistos de crítica razonable en su mayoría, ven en los políticos héroes, próceres, mártires, oráculos, y nunca o casi nunca humanos, profesionales.

¿Cómo cambiar esto? Le damos nuestra energía y atención a unos tipos que buscan seducirnos más que gobernarnos; y su seducción a veces nos hostiga, sus poses a veces nos ofenden. La palabra, ausencia y presencia del mundo, se hace el centro del debate; cuando uno esperaría que hablen de hechos, actos, situaciones concretas. No es imposible decepcionarse así.

Si nuestra única esperanza es la política estamos perdidos, del mismo modo que quien apuesta y pierde en una ruleta de casino.  ¿No será, en este punto, que la política debe empezar en nosotros, que debemos considerar de una vez por todos que el Estado somos todos? ¿Cómo hacer pensar al ciudadano que la democracia no acaba, sino que recién comienza en el voto?

Como se lee en El Péndulo de Foucault, novela irónicamente gnóstica de Umberto Eco: la superstición trae mala suerte.  

 

 

 

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