TAN… TAN… TAN… LAS CAMPANAS DE MI PUEBLO

9 abril 2022 6:41 pm

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Por Josué Carrillo

A las ocho en punto de la mañana sonaba el primer toque de campana y todos los que aún no habían entrado al colegio tenían que suspender los corrillos y los juegos, los que tenían un cigarrillo en la mano lo tiraban y todos a correr, porque a los diez segundos sonaba la segunda campanada y enseguida se cerraba la puerta. Los retrasados, aquellos que no alcanzaban a entrar, estaban obligados a esperar hasta que abrieran de nuevo y quedaban a merced del encargado de la disciplina. Si este señor estaba de buen genio permitía, después de una breve amonestación, seguir a clase y si ya habían corrido lista, entonces a quedarse con la falta de asistencia. Pero si el de la disciplina estaba de malas pulgas, ténganse fino porque los devolvía a todos para la casa a traer una excusa firmada por el papá o la mamá en la cual se debía explicar la razón del retraso. Esa misma situación con ligeras variantes la vivimos, cuando menos, durante los cinco años de escuela y los seis de bachillerato, los repitentes la vivieron varios años más.

Ese tan-tan-tan escuchado repetidas veces en el día, sumado al rebato de las campanas de las cuatro iglesias que había en el pueblo, es tal vez el recuerdo sonoro más vigoroso que conservo de mis años de juventud. Porque además de las campanadas de sonido fuerte, que inspiraban respeto cuando convocaban a reunión de todo el colegio, o producían alborozo cuando indicaban la salida a recreo o el fin de la jornada escolar, recuerdo el doblar lento y pesaroso en son de duelo por la muerte de uno de los feligreses de la iglesia cercana al colegio. Aunque también había ocasiones en que las campanas sonaban alegres para anunciar un acontecimiento memorable como el día de resurrección o la navidad, marcaban los días festivos e incluso avisaban los incendios y las calamidades. Este sonido de las campanas nos es familiar a todos los que vivimos en Armenia cuando aún podía llamarse pueblo.

Hasta mediados del siglo pasado, en Armenia había dos templos donde se oficiaban funerales: la catedral de la Inmaculada Concepción y el Sagrado Corazón de Jesús; en ambos había repicar de campanas, pero las que más se sentían eran las de la catedral; por lo general, en ella se cantaban los réquiems cuando eran personalidades del municipio, su doblar era más dolorido y prolongado y se alcanzaba a escuchar hasta en los confines del pueblo. Cuando el difunto era de inferior clase social las campanas sonaban apenas hasta el final de la ceremonia. En las iglesias de san Francisco y de la Virgen del Carmen no había funerales, por eso sus campanas se utilizaban principalmente para convocar los fieles a misa o a la oración.

Cuando no era el rebato de las campanas mayores, era el repique de las campanillas que se oían en las más diversas ocasiones: en el momento de la consagración, cuando el acolito les indicaba a los fieles que debían arrodillarse o cuando acompañaba al sacerdote que le llevaba el sagrado viático a un enfermo. Mientras aquí se lanzaban las campanas al vuelo por estos menesteres, en otras latitudes se dejaban oír para anunciar el paso de los héroes o los criminales al patíbulo.

A medida que avanzaba el siglo XX, crecía el pueblo; el sonido de las campanas se ahogaba entre las altas construcciones y el ruido estrepitoso de los carros, y se perdía la tranquilidad aldeana; solo nos quedó el ding dong que nos vino en discos de vinilo junto con ‘estas cosas del amor’, del brazo de Leonardo Favio.

Ahora, cómo no decir algo sobre la campana, el instrumento musical cristiano por antonomasia, cuya historia está tan ligada a la liturgia. Campanas las hay tanto en la más humilde capilla de pueblo como en las más antiguas y emblemáticas catedrales europeas. Sin embargo, su origen es anterior al cristianismo, pero se desconocen su cuna y su inventor. En China 2.500 a. C. se usaba un conjunto de doce campanas graduadas que expresaban los doce tonos musicales que se conocían; en el Egipto faraónico su uso tenía fines comerciales, pues con ella se anunciaba la venta de pescado; mientras que en el ámbito hebreo de 1.500 a. C. se usaban campanillas doradas como adorno del atuendo ceremonial del sumo sacerdote. Los romanos la emplearon para anunciar la hora de los baños y había gran redoblar de campanas cuando los oráculos respondían las consultas y cuando se anunciaban sucesos de trascendencia como los eclipses.

Las campanas clásicas se componen de un vaso de bronce que forma la parte sonora; el badajo, productor del sonido, tiene forma de pera alargada y las asas mediante las cuales se sujeta o suspende de los armazones especiales. Aunque se desconoce quién y donde se inventó este singular instrumento, sí se tiene constancia de sus primeras apariciones en el siglo VI. Y fue en Campania, una región del sur de Italia, donde se empezaron a utilizar las campanas con el fin de convocar a los fieles y donde se producían los mejores bronces con los que se fabrican las más sonoras.

Inicialmente eran unas copas sencillas sin adorno alguno y a partir de los siglos XVI y XVII abundan las molduras, bajorrelieves, escudos de armas de la iglesia, inscripciones con el nombre del fundidor, el oferente y el año de fundición. En la iglesia de Herxheim am Berg, un pequeño pueblo de Alemania, hay una campana que tiene grabados una esvástica y el nombre de Adolf Hitler y, pese a las críticas, los habitantes decidieron conservarla y la campana sigue sonando.

Así como hay culturas en las que las campanas suscitan recogimiento, también las hay en que son objeto de aversión. En el budismo el Canon Pali equipara la voz divina al sonido de una campana de oro; por eso las campanillas que penden de los techos de las pagodas tienen como fin que los fieles perciban el sonido de la ley búdica. En el islam, por el contrario, estaban prohibidas y se considera que la voz del almuédano en el minarete es insustituible para llamar a los fieles a la oración.

Anteriormente se tenía la costumbre de bendecir las campanas de características especiales por su construcción o por su destinatario; en la ceremonia de bendición, que revestía gran solemnidad, se les daba un nombre, se rezaba el salterio y se imploraba el favor del cielo. Luego un obispo o un presbítero las lavaba con agua bendita y, entre cánticos y rezos, las ungía con el crisma y las perfumaba con incienso y mirra.

Pero a diferencia de la solemnidad anterior, también hay casos que rayan en lo ridículo, como los castigos que se les aplica, cual si fueran seres conscientes: una de las campanas de la Catedral Metropolitana de Ciudad de México fue condenada al silencio por más de 50 años, por haber matado a un joven campanero, y en Sevilla, España, en 1950, se castigó a una de las campanas de la Giralda, porque en un volteo golpeó al campanero y lo sacó disparado por una ventana. El castigo consistió en voltearla con la copa hacia arriba durante un año y darle soberana paliza con un látigo. Pero no solo ha habido esta clase de castigos, también se les ha condenado a muerte, que no es otra que su fundición; en la Primera Guerra Mundial fueron célebres las fundiciones de campanas para construir cañones. En un acto de estupidez en grado sumo, se cambió el dulce y melancólico tañer de las campanas por el estruendoso retumbar de los cañones.

Hoy, después de haber oído graves y solemnes campanas de antiguas catedrales, en especial la del milenario octógono de Aquisgrán, en Alemania, que escuché muy cerca durante seis años, aún añoro aquel sonido alegre que me pedía apurar el paso, porque iban a cerrar la puerta del colegio.

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