Aldemar Giraldo Hoyos
Después de leer Magdalena. Historias de Colombia, de Wade Davis (Crítica:2021), confirmo algo que presagiaba: el río Magdalena corre rumbo a su óbito; ya no es la arteria fluvial que recorrieron los abuelos o la que describieron Caneva, Fray Pedro Simón, Juan de Castellanos, Humboldt, Espinosa, José M. Samper, Pérez, Caldas, Madiedo, Manrique, de Silvestre, Flórez, Carranza, Bolívar, García Márquez, Montaña, Buitrago y otros en sus creaciones literarias o históricas; muy poco queda de esa “arteria vital de comercio y cultura que fluye por miles de kilómetros de sur a norte, atravesando todo el territorio de la nación”; sin ser demasiado romántico, puedo decir que me embarga gran tristeza al recordar la imagen que vi, siendo niño, desde un estrecho atracadero, en el municipio de La Dorada: centenares de canoas ocupadas por pescadores que ofrecían abundantes capturas de bagre, bocachico, blanquillo, pataló, nicuro,caloche y cucho; fue durante una subienda, época en la cual circulaban el dinero, la comida y la borrachera; realmente, una fiesta de la abundancia y del encuentro entre iguales. Imposible olvidar el cargue de camiones atestados de ejemplares que salían rumbo a diferentes partes del país, en medio del griterío de los cargueros. Hoy es solo remembranzas e imágenes que se congelaron en el olvido.
Con el respeto que me merecen los “teóricos” de la investigación, me atrevo a decir que el libro de Wade Davis es, realmente, un informe de una investigación etnográfica, pues trata de describir los pueblos y sus culturas; en este caso, trata de reseñar e interpretar, de manera sistemática, la cultura de los diversos grupos humanos o comunidades ligadas al río Magdalena; observa la región, las prácticas culturales y comportamientos sociales (su identidad y sus estilos de vida). Pone en práctica una aguda observación participante y los datos aportados proceden de sus diarios, interacciones y fuentes escritas. Es fácil ver como, constantemente, les da la voz a los miembros de las diversas comunidades y su discurso se convierte en insumo para su “informe”. Davis nos deja apreciar elementos etnográficos, como bienes patrimoniales relacionados con las comunidades, unos en desuso y otros, de propiedad pública o privada, pero siempre, arrancándoles información e historia.
El viaje emprendido por el autor desde el Páramo de las papas (Laguna de la Magdalena) hasta Bocas de Ceniza, no solo una vez, es el escenario en el cual desarrolla un trabajo de campo, con sentido, verdaderamente etnográfico, el cual le permite mostrarse como “una rara combinación de científico, académico, poeta y apasionado defensor de toda diversidad de vida” (David Suzuki). Constantemente nos lleva a la historia para interrelacionar antecedentes con hechos actuales; no se queda en la simple descripción, va más allá, y liga lo que ve con las vivencias y sentires de los moradores; da la impresión de que sus sentimientos están ligados a nuestro terruño, el cual, en muchos momentos, lo convierte en suyo, una vez tamizado e interpretado.
Me llama la atención el optimismo que irradia su prosa, como también, el conocimiento que deja entrever; no se queda en un lamento descriptivo, sino que nos invita a responsabilizarnos de un hijo que ha sido, realmente, nuestro padre. Desafortunadamente, este canadiense, recién nacionalizado, conoce más el río Magdalena que la mayoría de los colombianos, especialmente aquellos que se autoproclaman académicos y ponen el grito en el cielo por la influencia del calentamiento global.
La sola navegación a vapor por el río Magdalena provocó irreparables estragos en las riberas y en el caudal de esta vía fluvial que se niega a morir entre nosotros; ha sido parte de nuestra historia y, como si fuera poco, siempre ligada a nuestros amaneceres y crepúsculos. Me pregunto: ¿si un candidato a la presidencia pone en su agenda la recuperación de nuestro río patrio, aunque sea una parte de él, le dará votos para aplastar a sus oponentes? Sin palabras. Como decía mi abuela: “El canto del río no acaba en sus orillas, sino en los corazones de aquellos quienes lo amaron”