Por Francisco Cifuentes
Fue el filósofo francés Paul Ricoeur quien habló por primera vez de “los maestros de la sospecha”; dándole este calificativo a los pensadores Carlos Marx (1818-1883), Federico Nietzsche (1844-1900) y Sigmund Freud (1856-1939). Y esta duda fundamental sobre el hombre, el establecimiento y las costumbres, la formularon inicialmente desde sus profesiones básicas; quién lo creyera, desde el derecho, la filología y la medicina; es decir, socavando desde las leyes como fundamento de la sociedad, desde las palabras como el origen básico de la expresión humana y desde la salud corporal y psíquica como constitución vital del individuo. Todo lo anterior iría a tributar en la economía política, en la filosofía y en la psicología. Surgiría así, el pensamiento más renovador de la modernidad, desde la Ilustración, que ya vislumbraba signos de decadencia. La sospecha sobre el orden, el sistema económico, la metafísica, la libertad, el progreso y la supuesta pureza del alma humana entrarían en franco beneficio de inventario.
Estas luces e inquietudes renovadas, nos han llegado hasta nosotros, manifestándose en la rebeldía juvenil, en el resurgimiento de la cultura y las reivindicaciones de los pueblos indígenas, en el ecologismo y la preocupación por la degradación del medio ambiente y la necesidad de su conservación, en la diversidad de manifestaciones culturales a lo largo y ancho del país, en la irrupción de las fronteras olvidadas y vaporosas de un país en pleno crecimiento, en la diversidad de las regiones que se expresan con relativa autonomía y luchan contra un centralismo leguleyo, politiquero y corrupto, sin soslayar estos perfiles en muchos departamentos y municipios. También se manifiesta en la aparición de los llamados movimientos sociales y su variopinta expresión, inquietudes y reivindicaciones. Igualmente dan cuenta de esto la población LGTBI+, los animalistas, las modas en el vestido, los estilos de peluquería y barbería, los colores, las subjetividades, las intersubjetividades y la psicodelia. Incluso ingresan en este panorama todas las iglesias, religiones y creencias, más allá o más acá de la mayoritaria Iglesia Católica. Todo lo anterior constituye el gran “síntoma” de nuestro Malestar en la Cultura (Freud, 1930). No es que esto sea malo o bueno en sí, simplemente son las manifestaciones culturales de lo que ya no cabe dentro del tradicionalismo y el establishment colombianos.
Varias categorías han retratado el fenómeno humano y social, de acuerdo con su dimensión y época, así: la transición del mono al hombre y el surgimiento del Homo Sapiens. La evolución de cazadores y recolectores hasta llegar al hombre productivo e individualista como lo es el Homo Económicus. El Zoom Politikon o animal político en los términos de Aristóteles, el preocupado por la polis y la ciudad, lo que devino en su manifestación y ejercicio de la política. Y el Homo Ludens inicialmente en la acepción de Johan Huizinga, como el hombre que juega y ahora como el ser del descanso y la diversión. Ahora irrumpe el ser del deseo, la manifestación de las voluntades plurales acalladas; la llamada locura juvenil, las transgresiones, incluso más allá de las revoluciones, y esto sale a flote en las calles; por encima de los partidos, por fuera del congreso y fuera de las aulas universitarias y más allá de las paredes de los hogares. Ahora no basta decir: “El hombre es bueno por naturaleza” (Rouseau), “El hombre es un lobo para el hombre” (Hobbes), sálvese quien pueda ante la ley del más fuerte (Darwin), la ciudad es una selva de cemento con fieras salvajes como tu (Rubén Blades). O de otro lado tampoco se puede por decreto decir: “Amarás al prójimo como a ti mismo”, “Amarás a tus enemigos” o “Pon la otra mejilla” en los términos del cristianismo. No. Ahora asistimos a la crisis de la Razón Política o de las razones políticas que habían venido justificando el accionar humano y los roles sociales. Y es necesario volver nuevamente a la interpretación y a la participación de lo que estaba en el borde o en el fondo; pues otro subconsciente colectivo se ha venido manifestando.
Cuando todo lo anterior se manifiesta en la protesta callejera y se produce la violencia desafortunada entre las fuerzas del Estado, los manifestantes estudiantiles, juveniles y ciudadanos descontentos, narcotraficantes, milicianos urbanos, la llamada Primera Línea; no se puede englobar y explicar con la sola categoría peyorativa de vandalismo. Ahí hay mucho más en su accionar, en su contenido y en su interpretación. Aquí, por ejemplo, en las consignas y discursos, por muy fragmentarios que sean, puede hablarse de otro locus fundante o la explosión de otro orden subyacente (Ernesto Laclau). También se puede afirmar que existe una totalidad saturada y una cierta regularidad en la dispersión.
De otro lado no se puede hablar desde la perspectiva fundamentalista de la izquierda; por que la infinitud de lo social es casi inabarcable desde aquellas teorías absolutistas. Aquí es preciso ver como “todo lo sólido se desvanece en el aire” (Marshall Berman), y poder volver a mirar la totalidad como archipiélago (Benjamín Arditi). Principalmente el fenómeno callejero y violento, donde los yoes y las razones se disuelven, en esas coyunturas tan críticas que ha vivido el país en los últimos años de la maltrecha era duquesiana; podemos volverlos a pasar por el cedazo analítico de Freud en su ya clásica obra La Sicología de las Masas y el Análisis del yo (1921). Aquí muchas veces el efecto de la masa disuelve la autonomía del yo y libera sus pasiones más profundas; como sucede no solo en la política, sino en la euforia compartida por el triunfo de aquellos que se adoran o se idolatran, como en los campeonatos de futbol y los sucesos trágicos de la hinchada, muchas veces repetidos en Colombia; lo que se le endilga sin consideración ni análisis al comportamiento de las llamadas “barras bravas”.
Las imágenes trinitarias han sido fundamentales en toda la cultura occidental, particularmente dentro del cristianismo con la denominada Santísima Trinidad, e igualmente nutrida desde el poder, con los famosos triunviratos romanos, desde donde nos vienen leyes y estilos de gobierno. Por eso han sido clave algunas de sus manifestaciones aquí: Con la Constitución de 1886 fueron muy importantes las figuras de Miguel Antonio Caro, Rafael Núñez y el máximo representante de la Iglesia Católica, ya que teníamos Concordato. Para la ideología del momento se consagró la necesidad de una sola nación, una sola lengua y una sola religión. Este imaginario trinitario se derrumbó, cuando llegó a la cúspide política de la Constituyente de 1991, otra representatividad política y de nación, en cabeza de el liberal Horacio Serpa Uribe, el conservador Álvaro Gómez Hurtado y el representante del M-19 Antonio Navarro Wolf. A partir de ahí se consagraría una nueva constitución, que es la que estamos desarrollando y procurando cumplir. Ahora, en términos especulativos de imaginarios trinitarios el país está ante una nueva tríada que va a dar mucho que decir: un exguerrillero costeño, mestizo, educado y de gran liderazgo popular; al lado de una primera dama blanca y bonita, que no solo funge como una reina presidencial o señora del gobernante, sino como activista, líderesa y que seguro va a tener mucha influencia en el próximo mandato. Y una vicepresidenta de color, origen humilde, ecologista, fiel representante de lo que ahora se denomina “la Colombia profunda”. Desde las plazas públicas, desde el Movistar Arena y desde el Palacio de Nariño, se viene construyendo o se atisba una nueva trinidad civil y variopinta, que seguro permitirá asir el país nacional de este momento político e histórico. Allí, como en el nuevo mapa político del país, confluyen fronteras, regiones, colores y esperanzas; lo que configura un nuevo ideario refundante.
El tema religioso fue muy socorrido en esta campaña política: Alejandro Gaviria salió de primero a la palestra de las precandidaturas a declarar públicamente que era ateo. Petro se inauguró en Barranquilla afirmando en el tablado de la plaza que era creyente católico, y en un descuido de los otros actores políticos, nos sorprendió con su visita al Papa Francisco I. Posteriormente todos los otros precandidatos quisieron ir a recibir la bendición en el Vaticano, y vaya, quien si lo logró, en esta competencia angelical y por las máximas indulgencias, fue el conservador Rodolfo Hernández; quien después tuvo un lapsus linguis o mentalis (aún no se sabe) acerca de la Virgen María y las Magdalenas. Posteriormente Ingrid Betancourt se llevo la prensa para que la grabaran rezándole a la Virgen y pidiéndole perdón a nombre de Rodolfo. Pues bien, esto lo traemos a colación, porque en tiempos de crisis personal y social siempre se acude a la religión. Y, además, al comunismo, a las izquierdas, a la masonería y a los diferentes siempre se les ha encajonado en el agnosticismo o en el franco ateísmo, cuando no es una simple sinónima. Acerca del sentimiento religioso, que es tan profundo en Colombia, nos trae a la memoria el gran ensayo analítico de Freud titulado El Porvenir de una Ilusión (1927), ya que es muy difícil ir a construir una Colombia nueva haciendo tabula rasa con la religiosidad popular; pues allí existen unos grados de sublimación muy grandes y profundos, y una particular adherencia a una sombrilla protectora, aunque muchas veces se manifieste como neurosis y sicosis colectiva.
La política del amor y de la vida, casi nunca a existido. Siempre el discurso político se ha enmascarado para ejercer dominación, y es por lo general la palabra del amo y la actitud de la subyugación, lo que ha predominado en la lucha por el poder y en el ejercicio de los mandatos. Aquella política del amor y de la vida, se deja a las ilusiones religiosas del cristianismo primitivo principalmente; pero no se ha sacado de allí y tampoco se ha reelaborado para el servicio de las nuevas causas, prácticamente hasta ahora. En la pasada campaña política se trabajo el miedo a la vejez, el miedo a la juventud, el miedo al comunismo; se acudió a todas las formas del maquiavelismo (Cfr. Las recomendaciones dadas por Tomaso de Maquiavelo en El Principe). ¡Pero vaya paradoja!, se logró sobreponer casi todo al miedo a Rusia en plena guerra con Ucrania, a Cuba, a las amenazantes Nicaragua y Venezuela.
En Colombia el sectarismo ha sido lo predominante. El odio a muerte en política atravesó todo el siglo XIX durante las guerras civiles, entre Estados regionales y partidos políticos en ciernes. El siglo XX conoció la sangre de la violencia bipartidista, la guerrillera, la paramilitar, la narcotraficante, la estatal y la común. ¿Qué nos queda para limpiar el espejo de la historia, sino el perdón, la reconciliación y la paz? Por eso nos parece un contrasentido histórico que un pueblo mayoritariamente haya votado por el no a un Acuerdo de Paz. Pero, pasada la tormenta viene la calma: ahora no se ganaron las elecciones con el caballito de batalla de la lucha contra la guerrilla como se hizo muchas veces en las contiendas anteriores. Y muchos aún no aceptan o no pueden entender que Petro se abrace con Rodolfo y menos que se siente a dialogar con Uribe. Estamos tan acostumbrados a la tanatopolítica y a la necropolítica (Thánatos, el dios de la muerte), que nos es difícil concebir otras formas de administrar que no sea el genocidio y la exclusión. Hemos estado tan divididos que aún nos cuesta trabajo dejarnos seducir (recordemos que la política también es el arte de la seducción, más que el de la división) por una propuesta de Unidad Nacional; ya que la consigna ha sido la de la división nacional. Hoy, más que nunca, se requieren exigencias éticas para contrarrestar la pulsión tanática del individuo, de la sociedad, de la política y del Estado.
El parricidio (Freud) nos ha guiado desde los confines de la humanidad. Todos queremos matar al padre de sangre, al padre económico y al padre político, y mucho más a los padres disidentes. En el ser humano subyace una venganza afincada en la ontogénesis y en la filogénesis. Por eso no hemos sido capaces de construir políticas y gobiernos, desprendidos de esa pulsión de muerte, que ha salido a relucir en la noche septembrina contra Simón Bolívar el Padre de la Patria, contra Gaitán, Contra Galán, contra Guadalupe Salcedo, contra Jaramillo Ossa, contra Jaime Batemán Cayón “el padre del sancocho nacional”, contra Pizzaro y contra Álvaro Gómez Hurtado.
Se ha trabajado demasiado desde las categorías salto al vacío y colocando al ciudadano a escoger falsamente entre la libertad y la seguridad. Por eso se prefería lo mismo de lo mismo que aventuras de reformas, o incluso “cirugías profundas” como ya lo había indicado el mismo Cesar Gaviria. Todas las razones para esta paradoja están contenidas en el bello tratado de Erich From, uno de los alumnos iluminados de Freud (El Miedo a la libertad) Entre tradición y ruptura (Cfr. Los Hijos del limo de Octavio Paz) no se veían puentes, sino catástrofes. Por eso no se analizaban programas, ni se veían propuestas; incluso, no se asistía a debates; ya que no se querían ver opciones frente al tradicionalismo apabullante.
El narcisismo (Freud) puede tratarse desde sus orígenes míticos griegos. Narciso era hijo de Cefiso “Dios del Río”, y es conocido por lo guapo y atractivo; pero como mito moralizante nos recuerda que el orgullo y la insensibilidad es castigada por los dioses. Un poco más allá de la crítica humorística apropiada por la política del momento, es bueno invitar a reflexionar acerca de varios sucesos durante la era duquesiana: Cuando el presidente Iván Duque (un taliban, dicen otros) no quiso recibir en la Casa de Nariño a los representantes de la Minga Indígena. Cuando el primer mandatario le dejó la silla vacía a la Señora alcaldesa de Bogotá, doctora Claudia López en el Acto de Perdón ante las familias y la sociedad por la masacre de jóvenes, estudiantes y ciudadanos en las recién iniciadas marchas capitalinas, justo antes de la prolongación del Paro Nacional. El no haber asistido como primer mandatario a recibir el Informe Final del Comisión Nacional de la Verdad, de manos de su director, el sacerdote Jesuita Francisco de Roux. El haber hablado en forma incoherente y descontextualizada de Blanca Nieves y sus siete enanitos en París. El haberles contado los días a los presidentes Maduro y Putin, desde su cómodo solio de Bolívar; en lo cual no criticamos nuestro símbolo, sino su prepotencia frente a la cercana o a la lejana geografía política. Cuando lo vemos salir pisando la alfombra roja para ir a sufragar en el momento más bajo de su popularidad y mientras muchos ciudadanos votaban en medio del agua a los pies o en simples canoas; como si fuera una reina, un rey, un príncipe, un jeque o un artista de Hollywood. Y por último sus objeciones al óleo que se mando a pintar para el salón de los expresidentes en la Casa de Nariño. En el narcisismo pueden existir problemas y complejos no resueltos desde la niñez o las manifestaciones de un ser tan incompleto, que da lugar a actitudes malas o incluso risibles.
Bien, para finalizar esta serie de reflexiones y especulaciones acerca de la política y la psicología y algunos elementos de filosofía, deseo terminar con otros tres apuntes, de acuerdo con el atrevido perfil de este artículo, así:
Ahora es necesario volver a barajar las palabras; pues asistimos a un nuevo juego de lenguajes (cfr. Ludwig Wittgenstein. Investigaciones Filosóficas. 1949), donde los términos en la política y en la vida pública, empezando por el periodismo, hay que ver las palabras de acuerdo al uso que se les está dando en el nuevo clima político; así por ejemplo, términos como derecha, centro, izquierda, sectarismo, perdón, odio, amor, vida, intervencionismo, keynesianismo, fronteras, negro (a), revolución, poder del pueblo, acuerdo nacional, y muchas otras expresiones, vuelven a resignificarse, a contextualizarse; y las verdades políticas, jurídicas y económicas se enfrentan a un nuevo tratamiento y uso; es decir, volvemos sobre el relativismo y la certeza (Wittgenstein. Sobre la Certeza. 1950). Muchas expresiones, son incluso, meras elucubraciones, apuntes y señalamientos peyorativos para descalificar al contrincante. Existen “identificaciones fantaseadas” (Slavoj Zizeck), que toman cuerpo en la política, y este es el caso concreto del calificativo de “castro-chavismo”, que tanto se usó para endilgárselo a Petro y asustar al ciudadano de a pie.
Es verdad que con todo lo anterior, estamos asistiendo a un nuevo clima político, a un aclimatamiento de la economía con la llegada al Ministerio de Hacienda de José Antonio Ocampo, a otro ambiente social al irnos tratando por encima de tanto pre-juicio. Todo esto hace parte del mundo de las sensaciones, de las emociones y del lenguaje. Y con el análisis anterior, deseamos salirnos del discurso tradicional para el análisis de la política y la coyuntura de moda, que es básicamente tratada desde el rencor o desde el mero triunfalismo, o en otros planos, desde el amarillismo.