Por Juan Sebastián Padilla Suárez
Cada noche, en la víspera del sueño, retumba el enjambre de pensamientos de todo lo que hice (o no) mientras el día duró. Y pensamientos de lo que pensé. Incluso los rostros que pasaron. Todo viene justo en ese momento y se me amontona el aburrimiento en las cejas. Y el sueño huye. Entonces doy tregua y ordeno las memorias: las mismas personas a la misma hora en el mismo tramo del camino a la oficina; las horas aburridas de la oficina; el regreso a casa; el encuentro fortuito con algún botarate que finjo saludar con entusiasmo; preocupaciones inútiles de padre; alguna cuestión de dinero; el tarareo de algún verso viejo; las constantes apariciones del fantasma de la mujer que amé. Pero el sueño no regresa.
Algo me impresiona: la cantidad de otros que puedo ser en un solo día. Contengo muchedumbres, se justificó Whitman. Estamos hechos de retazos, me dijo Juanita la noche que la conocí. Ambas cosas son parecidas pero no son lo mismo. Al cabo no importa. La cosa es que no consigo dormir. El enjambre se aplaca y se forman volutas de palabras silenciosas. Cuando consigo acomodarme en el sueño llega algún recuerdo que me da cierta felicidad, pero me frustra que el engaño muera con el sueño. Aunque aprendí la forma de capturarlos. Los engaños, digo, la felicidad es imposible de agarrar. Hace tiempo leí que escribir en el momento de la breve dicha de un recuerdo puede evocar el recuerdo entero. Solo necesitamos escribirlo para rescatarlo. Desde entonces, en los insomnios demorados, los escribo y dejo el papel al pie de la almohada, con la torpe ilusión de sentir la misma dicha al leerlos cuando amanezca. Pero no es mi suerte.
Al día siguiente esas palabras no me comunican ninguna felicidad, ni un gusto fugaz, si quiera, salvo el amargo sabor de la vergüenza. Y en eso vengo: cada noche padeciendo un recuerdo feliz en la duermevela, creyéndome por un instante la incauta alegría, escribiendo a ver si perdura, durmiendo a ver si amanece, amaneciendo con ansias de leer el retrato de un palo de guayabas, la algarabía de una calle infantil, alguna tarde malgastada en el pasto mientras buscaba mi destino entre las formas de las nubes, un amanecer en una esquina pendenciera, las arengas universitarias que grité con D o los remiendos que N me cosió en el alma. Pero leo los recuerdos y no me dicen nada. La serpiente se muerde la cola: espero la noche para volver a escribirlos, los escribo para poder dormir. Sin embargo, siempre amanece. Amanezco, los leo y no palpitan los nervios. A veces me alivia creer que mis recuerdos nunca sucedieron y que son repentinos porque yo mismo los falsifico.
Creo que Pascal dijo que casi todas nuestras desgracias resultan de no quedarnos en nuestra habitación. Pues descontento de todos y descontento de mí, he hecho de cada noche la habitación de la que procuro no salir. Una isla. Y como Robinson, también acepté una consagración divina: he nacido para ser mi propio destructor. Acaso por eso no merezca el placer del sueño.