Por Luis Alfonso Ramírez Hincapié
Hace unos meses corrieron en grupos por las calles de las ciudades manifestándose con ira y a la vez con entusiasmo, ante la necesidad irresistible de lanzar públicamente el grito de sus conciencias indignadas, protestando contra el abuso del poder, el hambre, la falta de trabajo, educación, atención en salud y otros reclamos justificados.
Como dijo de ellos Emile Sola en “Yo Acuso”, ofendidos estaban en el anhelo, ardiente aún en sus almas jóvenes de equidad, justicia y verdad, ignorando los arreglos políticos y las cobardías cotidianas de la vida. Como si fueran a reparar una injusticia social, o a poner la protesta de su juventud vibrante en la balanza desigual, donde se pesa el sino de los afortunados y de los desheredados de este mundo.
Para defender la tolerancia y la independencia de la raza humana, iban a silbar a algún sectario de la inteligencia de estrecha mollera que pretendía conducir sus mentes liberadas hacia el antiguo error, proclamando la bancarrota de la ciencia.
Iban a gritar al pie de la ventana de algún personaje esquivo e hipócrita su fe inquebrantable en el porvenir, en este siglo que representan y que ha de traer la paz al mundo en nombre de la justicia y del amor. Todo por su propia dignidad maltrecha, y por el honor de la patria.
Vimos estremecer las calles con las orgullosas pasiones de la juventud, el amor a la libertad, el odio a la fuerza brutal que aplasta cerebros y oprime almas. Entregados de lleno a su esforzada labor de oposición, a veces injusta pero siempre por un exceso de amor a la libre emancipación humana, ensañados con los representantes del orden y alzados contra los declarados en favor de las tinieblas y la tiranía corrupta.
En ellos ardía el fuego sagrado de la hermosa locura de la juventud cuando todas las esperanzas son realidades, cuando el mañana aparece como el triunfo indudable del país perfecto. Era la juventud de las universidades y colegios, de obreros y desocupados, indignada ante la injusticia social, estremecida y sublevada en favor de los humildes, de los abandonados, de los perseguidos, de los desplazados, contra los crueles y los poderosos.
Se han manifestado en favor de los pobres y de los oprimidos, en defensores de los indefensos, de cuantos agonizan bajo la brutalidad de una masa o de un déspota. Si la calle está en ascuas, no había duda de que detrás ardía una llama de justicia juvenil, ajena a precauciones, que acometía con entusiasmo obras dictadas por el corazón.
Dónde podremos encontrar la clara intuición de las cosas, la sensación instintiva de lo que es verdad, de lo que es justo, como no sea en esas almas nuevas, en esos jóvenes que nacen a la vida pública y a quienes nada debería ofuscar su razón recta y buena.
Que los políticos y gobernante deteriorados por años de intriga, piensen ya en el poder de los justos levantamientos populares; que haga el nuevo gobierno partícipe político a la juventud que, igual que todos los habitantes de nuestra patria, pone su fe y su esperanza en el posesionado Presidente que viene, como siempre y cada vez, con el cambio y nuevas metas propuestas, como líder y conductor de este bravío país llamado Colombia, para que se respete su dignidad, su soberanía y su derecho a la participación en la busca del bien común.
Este más alto funcionario del Estado, símbolo de la unidad nacional que acaba de jurar el cumplimiento de la Constitución y de las leyes, obligándose a garantizar los derechos y las libertades de todos los colombianos, no puede fallarles ni desconocer el mandato supremo de la carta política, pues significaría abocarse a propiciar una incierta coyuntura revolucionaria o de nuevo estallido social cuyas consecuencias recordamos tristemente y que podría significar el fin o grave deterioro del sistema que prometió defender y servir.