Aldemar Giraldo Hoyos
El hecho de haber votado por Petro no me impide fijar posición frente a conductas asumidas y expresiones proferidas por él y sus escuderos; de todas maneras, una democracia defiende el derecho del pueblo a elegir y controlar a sus gobernantes y estos deben tener la madurez para escuchar y aceptar errores cometidos durante el ejercicio del poder.
Algo digno de mención es que el discurso del presidente ha sido demasiado ambicioso y, en determinadas ocasiones, desfasado de la realidad; de paso, sus escuderos empezaron a dar declaraciones a la prensa antes de posesionarse y sin haber hablado con el jefe, razón por la cual han tenido que recular muchas veces; no ha sido raro que “les pique la lengua” y metan la cucharada en otras carteras, como le pasó a la ministra de Cultura: el 3 de agosto, cuando supo que iba a ser nombrada ministra de Cultura expresó: “la economía naranja ya no va para más”, sin embargo, posteriormente, trató de enderezar el entuerto, doña Patricia dijo: “No vamos a acabar las economías creativas. No vamos a acabar Cocrea. Lo que vamos a hacer es otorgarles a las culturas, a las artes y a los saberes, el lugar que les corresponde en el ministerio (…)” Da la impresión de que no sabía, como muchos colombianos, lo que se ha llamado economía naranja.
En varias ocasiones ha tenido que meter la cucharada el ministro de Hacienda ante las ligerezas de don Gustavo: “El gobierno no va a proponer control de cambios”; el doctor Ocampo tuvo que expresar: “Los inversionistas no deben tener ningún temor en ese sentido”, agregó que, por el contrario, “celebramos que los capitales extranjeros estén entrando al país, a través de inversión de portafolio, para ponerlos en TES (títulos de deuda pública)”. La frase del presidente, en sus redes sociales, llevó a una subida en la tasa de cambio, la cual estuvo, en promedio, en 4.629,5 pesos, llegando inclusive a máximos de 4.657,4 pesos.
Don José Antonio ha tenido que hacer varias rectificaciones en los últimos dos meses sobre los usos y fuentes de los recursos públicos. La más reciente tuvo que ver con la financiación de tierras de la esperada reforma agraria, cuando dijo que los 3 millones de hectáreas, que podrían costar al menos $60 billones, no se pueden pagar con deuda. Esto le costó un indirectazo de don Petro.
Para echarle más sal a la sopa, la ministra de Agricultura, Cecilia López, dijo que la cifra aún no está totalmente clara porque dependerá de la revisión que el Gobierno haga. Pese a esto, varios expertos señalaron que se requieren al menos $150 billones, pues el promedio del valor de una tierra con las condiciones que espera el Gobierno es entre $30 y $50 billones. Ahora, más allá de esto, la pregunta es; ¿de dónde saldrán esos recursos?
La ministra de Energía, doña Irene Vélez, durante el Congreso Nacional de Minería, afirmó, categóricamente: “desde el Ejecutivo se le debe exigir a los otros países que comiencen a decrecer en sus modelos económicos para disminuir los efectos del cambio climático en Colombia”. No le quedó otra a José Antonio; inmediatamente, manifestó: “hacer la transición energética sí, pero con cambios en patrones de producción y consumo. Con eso no se decrece. Incluso, hay inversión adicional. Y mejor que crezcan para contribuir a la economía mundial, pero eso sí, con sostenibilidad ambiental". Cosa diferente fue lo que dijo doña Irene en un momento de efervescencia y calor.
Ahora, como para ponerle un moño al regalo, don Gustavo Petro, en un momento crucial, cuando las empresas colombianas aún están en recuperación financiera de los resultados de la pandemia, coge el micrófono durante el Congreso Anual de Pequeños Industriales y expresa: “Lo cierto es que ha crecido la tasa de interés, que mundialmente entonces tenemos una recesión a la vista y que la tasa de interés incrementada en Colombia servirá de correa de transmisión de la recesión mundial al interior de la economía colombiana” Prendió las alarmas, quedamos quietos y mudos, como cuando nuestro padre decía: “si no se acuestan ya, va a venir el diablo”. De paso, el Banco de la República sintió un regaño proveniente de un papá injusto. Como decía mi abuela: “La incertidumbre de no saber lo que pasará es algo que me logra aterrar”