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¿Qué estamos haciendo?

8 diciembre 2022 5:24 pm
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Roberto Estefan Chehab

Hace mucho tiempo no se percibe un verdadero ambiente patriótico. Confundir el caudillismo con pertenencia a la patria se volvió costumbre. Colombia, como nación, es una madre abandonada, saqueada y herida; no se vislumbra un resurgir. Aquí impera el desorden y la confusión. Dolorosa sensación de soledad que se ha ido transformando en un mal paisaje quizás porque el pueblo ya no tiene mayor esperanza y eso es gravísimo. Recuerdo la época de la “paloma de la paz” del presidente Belisario: los narcos le propusieron pagar la deuda externa del país como un arreglo para entregarse y él, en su momento, se negó rotundamente a feriar de esa manera los principios y el valor de la dignidad. Todavía no se planteaba el termino oscuro de “narcoestado”. Guste o no, las guerrillas todavía conservaban algo de su ideología revolucionaria en pos de un sueño, valido o no, de un país más equitativo. Pero el surgimiento del narcotráfico ya estaba permeando todos los espacios que corresponden a los tres grandes poderes en los que se cimenta nuestra democracia y se que no yerro al afirmar que ninguno de esos, otrora magnos ámbitos, se salva de alguna mancha en su honor y dignidad. Y esa realidad ha sido el ambiente en el que han abierto por primera vez los ojos las nuevas generaciones colombianas. La política manejada con intereses personales y afán de enriquecimiento fácil le ha hecho un daño inmenso a nuestra nación. Como en ninguna otra tierra civilizada, aquí, es muy común la sumisión y el doblegamiento a los corruptos hasta el punto de llamarlos “patrón”, sin ninguna vergüenza, sin conciencia del mensaje y la enseñanza legada a las nuevas generaciones. Y es que el pequeño porcentaje de compatriotas que logran coronar estudios superiores no representa la realidad del colombiano común: son millones los connacionales que ven al Estado como” una vaca” lechera que debe ser ordeñada como si esa actitud fuese una manera de “reivindicación” por las injusticias del pasado. Craso error: las comunidades indígenas, los pueblos raizales, los pueblos con raíces afro, han sido subestimados y maltratados, es innegable, pero los colombianos somos todos y el verdadero manejo no se puede basar en proselitismo anacrónico. Aquí hay que reconocer lo que ha sido error y no repetirlo: eso se logra con oportunidades para todos, con trabajo, educación, salud y vivienda, pero sin destruir el andamiaje productivo, sin patrocinar la vagancia de muchos que poco aspiran y se conforman con una “ayuda” sin que haya claridad en esa política que mal manejada aumenta el odio porque eterniza la “victimización” de un buen porcentaje de la población. El rol de víctima es asumido para no hacer nada y dedicarse a destruir la infraestructura, que nada les ha costado, y luego exigir adecuados servicios, justicia y dignidad: resultado de ello es un círculo vicioso, muy conveniente para ciertos ambientes políticos, que ataca la viabilidad de un país promisorio. Se deben respetar las áreas ancestrales, las costumbres y la identidad de las comunidades que habitaban este suelo desde antes de la colonización, claro que sí, pero igual, se les debe exigir lo mismo que a cualquier colombiano. La sociedad merece el mismo respeto a futuro y el rasero debe ser similar siempre y cuando nuestra patria funcione de manera limpia y proactiva. No se puede continuar con esa amenaza a la célula básica de la sociedad: la familia. Ojo con eso. Varios de los derroteros actuales van en contravía del derecho a la vida – el mal llamado aborto a los veintiún meses – la legalización de la marihuana sin ningún argumento de fondo, más allá de temas económicos, en una sociedad que carece de espacios y ambientes suficientes para crecer espiritual e integralmente. De eso adolecemos. El respeto a la autoridad, no solo policiva, ¿a los padres, los maestros, los mayores? muy ambiguo el tema. Los medios no ayudan, lo que se promueve en televisión, series, novelas realmente alarma porque cala y cofunde. Y es que falta verdadero orgullo y amor patriótico que no se pueden sacar de las sombras si el derrotero sigue siendo endiosar a unos cuantos personajes de turno y apostar hasta la vida por ellos, no por lo verdaderamente valioso: la patria.

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