sábado 18 Abr 2026
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Mi carrito de madera

22 diciembre 2022 4:49 pm
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James Padilla Mottoa

Era un niño humilde, nacido en la ciudad, pero viviendo en el campo por la fuerza del destino; tenía como única riqueza la pobreza que limitaba sus ambiciones. En sus navidades no podían existir anhelos mayores, los que eran propiedad de otros niños, cuyos padres negociaban con el Niño Dios fastuosos regalos como bicicletas, relojes, pistolas de rollo y la mejor ropa para la temporada. En su caso particular, pese a que no había cartas con pedidos, por un milagro que no podía resolverse, siempre encontraba bajo la almohada un modesto regalito que superaba enormemente lo que él hubiera querido.

Alguna vez se atrevió a pensar en un carrito de madera que vio fugazmente al pasar delante de una vidriera de comercio; no fue una obsesión, pero sí un deseo irreprimible que germinó en la mente de aquel chico pobre.

Era una quimera sí, pero podía jugar en sueños con ese juguete que había visto una mañana.

Como su único aliciente era salir por las tardes a ver pasar los carros que desafiaban aquella carretera destapada y polvorienta, un día de aquellos apareció en la distancia una camioneta vieja y destartalada que parecía toser en la empinada cuesta y justo, una curva antes de llegar a donde estaba el infante, se paró y su conductor bajó para empezar a barrer su cargamento que era de basura. Al terminar su misión, encendió el viejo automotor, dio la vuelta y se marchó por la misma ruta por la que había venido.  El niño no lo dudó y corrió a curiosear el contenido de aquel cargamento que habían tirado en el recodo de la vía. Eran libros viejos, ropa inservible, talonarios de recibos y facturas y una cajita pequeña de cartón que, al abrirla, imaginen ¡qué había dentro! Sí, un carrito de madera, un poco desvencijado porque le faltaba una rueda, pero el más lindo carrito que hubiera podido soñar.

Febrilmente corrió a la casa y procedió a buscar afanosamente una tapa metálica que pudiera subsanar el desperfecto. La suerte estaba de su lado porque fácilmente encontró la que se ajustó por tamaño y grosor a las características de aquel carro. Y fue desde esa tarde una larga relación del niño con ese viejo carrito de madera con el que iba a todas partes, cargando tonterías de toda clase, pero también sus sueños. Hasta que un día, ya muy adolescente, hizo alarde de su mayor juguete ante un grupo de muchachos del barrio y uno de aquellos, al parecer aprendiz de mago, tomó el carrito y lo desapareció para siempre en cuestión de unos minutos.

Al adolescente le quedó siempre la amargura de haber perdido su carrito de madera y aunque tuvo muchos juguetes después, ninguno fue como aquel que cayó una tarde en un recodo de la carretera polvorienta.

El niño creció y se hizo padre y entendió a sus hijos en el fervor de las navidades y en el esmero para pedir sus regalos. Cada navidad, con luces y pesebre, siempre fue una verdadera fiesta familiar.

Ese niño de la tierna historia soy yo mismo, quien aún hoy recuerda con nostalgia aquel carrito de madera, que sin papel de regalo me lo dejó el Niño Dios entre un cúmulo de deshechos.

Hace dos días vinieron a mi casa unos amigos para alegrarme con un enorme regalo. Lo abrí y oh tremenda sorpresa, era un camión de madera, construido seguramente por las manos cuidadosas de alguno de los talentos de las artesanías que brotan en cualquier lugar de nuestra patria. Una tractomula a escala, la más linda que puedan imaginar, pero…no me produjo la emoción que sí me dio ese desvencijado carrito de madera, que tarde lo he comprendido, explicó muy bien aquel milagro de mis pobres padres, que siempre tuvieron un modesto regalo para ponerme debajo de la almohada: el Niño Dios es el que nos da todo y la magia de la Navidad está en su presencia.

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