El encargado de atender al presidente de la República Guillermo León Valencia Muñoz en su visita a Armenia para dar por iniciado el Departamento del Quindío y posesionar su primer gobernador Ancízar López López, era el propio López, pero cayó en la cuenta de que ni su casa ni su tiempo eran suficientes para la calidad del personaje.
López, en su astucia, muchos dicen que en su infinito afán por el ahorro, le pidió el favor a un amigo suyo de encargarse del asunto, al arquitecto Jesús Antonio Niño Díaz. Niño había construido para entonces la más moderna vivienda de Armenia en la avenida Bolívar, frente al recién inaugurado parque Los Fundadores. Era una casa bonita, nueva, en material, con amplia sala comedor, con corredores externos, ventanales, una cocina tipo norteamericana, patio interior y muchas habitaciones. El amigo de Ancízar aceptó el reto.
La atención consistía en la dormida en la noche del primero de julio de 1966, luego de los actos de posesión del gobernador Ancízar López y la recepción que se le brindaba al presidente y su comitiva en el Club Campestre. Esa noche solo había que preparar muy bien el cuarto del presidente y un par de habitaciones para una parte de la comitiva, especialmente de seguridad.
Niño, que apenas empezaba a hacer su capital económico, echó números y cayó en la cuenta de que no disponía del dinero para tal inversión, que implicaba la atención, con altura, al presidente y la comitiva, especialmente cuando se levantaran, a la hora del desayuno. Había que traer de Bogotá los cocineros, los panaderos y algunos empleados más para el servicio. Lo que hoy parece increíble, hace 57 años no lo era, tuvo que acudir a un banco para hacer un pequeño préstamo.
El desayuno se sirvió hacia las 8:30 de la mañana del 2 de julio en la elegante casa de los Niño Sánchez. En la mesa había muchos manjares: bistec de res, hígado encebollado, huevos pericos, café, chocolate, frutas, jugos, agua y muchas clases de pan, entre otros. Cuando el presidente Valencia tomó los cubiertos y la blanca servilleta de tela, observó que en la mesa no había arepas, el más tradicional alimento de una región cuyos habitantes habían venido, en gran cantidad, de la región antioqueña donde esta delicia no puede faltar a la hora del desayuno.
El presidente Valencia se quedó un instante pensando, con los cubiertos en la mano y, de pronto exclamó: “¿Dónde están las arepas?”. Jesús Antonio Niño y su esposa Inés Sánchez se miraron confundidos, y hasta asustados. “Ya se las hago traer, presidente”, dijo ella. Se levantó de la mesa, llamó a una empleada, le dio unas monedas y esta corrió a la tienda de la esquina, donde Esthercita tenía aún, en una vieja parrilla, las últimas arepas para la venta.
Pronto, las arepas llegaron al plato del presidente Valencia y de toda su comitiva, que dejaron servidos los panes y otras delicias, y deglutieron con placer este cocido de maíz, asado al carbón, untado de mantequilla y trocitos de queso.
(Relato del exgobernador Jesús Antonio Niño Díaz, q.e.p.d.)
