Viaje Frustrado

26 agosto 2023 11:45 pm

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Corrían los años 60 del siglo veinte; década de música, paz y aventura. Mi llegada al bachillerato la recuerdo con el bambuco “Adiós Casita Blanca”, entonado por treinta niños acompañados del acordeón, majestuosamente manejado, por el profesor de música. Llegó este momento con muchas ilusiones, sueños y responsabilidades.

Años en los que la música bailable sólo se oía en la radio o se bailaba en los bares y cantinas del centro de la ciudad, como el bar Krakatoa, El Pacífico, Café Quindío, Continental, La Canasta, Don Bey, o en la “Zona Rosa” de la carrera 18: Café Bengala, Piel Roja, Águila, Real Madrid. Ésta se intercalaba con tangos, rancheras, boleros y bambucos, gustos heredados de nuestros padres, lo cual hizo que nuestra juventud, pasara de manera tranquila y un poco desapercibida, la violencia “Liberal-Conservador” que se vivía en el área rural de nuestra región y del país.

Los muchachos empezábamos acercamientos con las vecinitas del barrio o con estudiantes de otros colegios, pues no existía la educación mixta. Sin embargo, siempre había ocasiones para coqueteos nocturnos en los jardines o en las ventanas de las casas. A los quince años tuve mi primer amor platónico hacia mi prima, María Melina, a quien nunca le declaré mi sentimiento por respeto a su padre, una persona muy seria y tradicionalista.

Con los amigos emprendíamos excursiones los fines de semana o en vacaciones a Peñas Blancas, al Nevado del Tolima, a Boquía o a los Quingos; llevábamos radios transistores para escuchar la música de nuestra época, que a nuestros padres no les gustaba: Rock and Roll, Los Beatles, Los Rolling Stones, o también las Baladas, los Vallenatos y la bailable, de la acompañándonos de aguardiente y “maracachafa”.

A mediados de 1968, próximos a graduarnos, acordamos en el grupo 6B de bachillerato recaudar fondos para ir en noviembre a Cartagena como despedida del año y festejo de graduación. Para ello realizamos bailes y fiestas cada fin de mes con el fin de pagar el viaje en flota hacia la costa.

Ofrecí mi casa para la rumba. Era amplia, ubicada a unas ocho cuadras del colegio, esquinera, con dos grandes patios, uno pavimentado y el otro con árboles y plantas, todo al aire libre con sus respectivos salones y jardines cubiertos para protegernos de la lluvia. Se ascendía por unos escalones de piedra muy elegantes.

Simultáneamente me integré al coro y danzas del colegio, de la mano del Director-Compositor Juan José Ramírez.

A partir de octubre, con la llegada de las fiestas aniversarias de la ciudad y la cercanía del fin de año, la música bailable empezó a tener lugar en la radio. La llegada de la Caseta Matecaña animaba la rumba; surgían bares y cantinas como Dum-Dum y La Rambla, sin costo de entrada y precios bajos en cervezas y licores, donde la muchachada asistía los fines de semana para escuchar a:

Los Graduados con Gustavo Quintero: “Así fue que empezaron papá y mamá”, “Ese muerto no lo cargo yo”, “Juanito Preguntón”, “La pelea del Siglo”, Rodolfo Aicardi con los Hispanos; “La Colegiala”, “Vagabundo soy”, “Tabaco y ron”, “Los cien años de Macondo”, “Me voy pa’ Macondo”, Los Black Star con Gabriel Romero, “La Piragua”, etc.

Los almacenes de música hacían su agosto promocionando los “14 Cañonazos Bailables”, nosotros paseábamos por el centro de la ciudad, que por entonces eran dos manzanas situadas de la calle 19 a la 21 entre carreras 15 y 16, llamadas “El Tontódromo”, donde caminábamos entretenidos con la música bailable y baladas como:

Oscar Golden, “Romance del Cacique y la Cautiva”, “Embriágame”, Roberto Carlos; “Detalles”, “Qué será de ti”, Leo Dan, “Cómo te extraño”, “Eres feliz”, Nino Bravo: “Un beso y una flor”, Raphael: “Cierro mis ojos”, “Estuve enamorado”.

La banda de música y danzas del colegio participó en las fiestas aniversarias de “La ciudad Milagro”, en el Circo-teatro el Bosque, donde se elegía la reina de los barrios ante unas 5000 personas, y después en la cárcel San Bernardo, con canciones como: “Noches de Cartagena” del compositor antioqueño Jaime R. Echavarría, lo que revivió mi amor por María Melina. Cuánto soñaba estar con ella en Cartagena.

“Noches de Cartagena que fascinan, con el suave rumor que tiene el mar… donde la brisa cálida murmura toda una serenata tropical…ahí es donde quisiera estar contigo…noches de Cartagena tan divinas, lindo rincón caribe y colonial.

Terminadas las fiestas de Armenia y próximos a emprender nuestro viaje a la Costa Atlántica, descubrimos que lo recaudado para la expedición, no alcanzaba ni para llegar a Ibagué, por lo tanto, nuestro sueño quedó frustrado.

Por otra parte, me enteré de la ida de la casa de mi amor platónico con su novio, un militar retirado.

“Vuelvo al sur como se vuelve siempre al amor

Vuelvo a vos con mi deseo, con mi temor”

Veloso)

 

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