James Padilla Mottoa
Como lo más alto en toda una vida de servicio a la causa del deporte, así acaba de exaltar el Comité Olímpico Colombiano al distinguido dirigente quindiano Gustavo Moreno Jaramillo, en ceremonia de gala que se llevó a cabo en la capital del país.
Lo más justo para quien ha sido hombre de máxima entrega a su pasión por todas las actividades deportivas y ejemplo de amor por Armenia, su tierra, a la que siempre quiso matricular entre las ciudades sobresalientes en la organización y realización de importantes certámenes del deporte.
En la vida pública pasó por importantes dignidades como alcalde, secretario de gobierno departamental y representaciones en juntas cívicas al más alto nivel y banquero de profesión, pero su verdadero nicho, aquel en el que siempre se sintió bien cómodo fue en la dirigencia deportiva.
Particularmente lo conocí hace 54 años, en una rueda de prensa convidada por él y por el distinguido locutor quindiano Oscar Arango Flórez (q.e.p.d.) como adalides de un importante torneo de fútbol aficionado, en el Banco de Occidente, entidad de la que era su gerente por aquellos tiempos. Nos hicimos amigos de inmediato, teniendo como elemento esencial el respeto y la admiración que siempre le he profesado; antípodas en el pensamiento político, jamás permitimos que fuera ese un tema de conversación, insistiendo en todos los demás que nos han sido comunes. Por eso ha sido una vieja y sólida amistad sin alteraciones; pulcra y cuidadosamente llevada por este hombre que cada día se cubre de alambres, aunque él no los quiera, pero que lo ponen como columna mercurial en la historia de toda esta región quindiana.
No es monedita de oro para caerle bien a todo el mundo, como dice una antigua canción ranchera. Y Gustavo también tiene malquerientes en una sociedad dura y en infinidad de veces irreflexible y poco grata cuando se trata de reconocerle a alguien sus méritos indiscutidos. Sobre todo, frente a un personaje que como mi amigo, es frentero para decir las cosas que piensa y poco dado a las lisonjas y posiciones hipócritas.
Pero detrás de su rostro imperturbable, se esconde un ser emotivo, bondadoso y de entrega sincera y absoluta, capaz de emocionarse, aún con las cosas más elementales. Esposo para siempre con doña Esperanza, una digna matrona que poco sabrá de Deportes, pero que ha sido la carta fundamental y la inspiración sentimental para ordenar todos los caminos de un gran hombre.
A Gustavito lo conocí cuando apenas me estaba saludando con Armenia y he tenido la fortuna de ser invitado a acompañarlo en las más grandes empresas por el deporte quindiano: la presidencia del Deportes Quindío, construcción del estadio Centenario, los torneos sudamericanos de fútbol realizados aquí, la Copa América, los Juegos del Pacífico, la Copa Nicolás Leoz, el Campeonato Mundial Juvenil de Fútbol. Tantos certámenes que nos han permitido mostrar al mundo la generosidad y hermosura de nuestro territorio, por iniciativa del hombre a quien las más altas autoridades del deporte nacional, reconocen como una figura egregia y ejemplar para todos los que vendrán. Lo han reconocido los dirigentes de afuera, pero nosotros, los quindianos, aún no le hemos hecho a Gustavo el gran homenaje que se merece por tantas cosas buenas que le ha brindado a su terruño.
A Dios le pido que nos mantenga por muchos años a este hombre que siendo enemigo de los homenajes, ha tenido que resignarse a ser exaltado al podio más alto en el sentir del deporte colombiano.