James Padilla Mottoa
Al querido Jorge Eliécer Orozco sólo lo puedo recordar, trabajando: en mi larga carrera como hombre de radio, no conocí otro como él, alguien con una pasión tal por la profesión; incansable y tallador para quienes estaban a su alrededor en las obligaciones periodísticas.
Fue una fortuna haber estado 34 años con él como compañeros de trabajo, tiempo en el que tuvimos vivencias múltiples, primero como pares, él en la dirección de noticias y yo como director del departamento de deportes de RCN Armenia y después como subalterno, cuando pasó a ser gerente en el año de 1978.
Verdaderamente admirable por todo: por su trayectoria, primero embarcado en su sueño de artista, cantando en cafés y escenarios improvisados y después, abrazado a su gran amor que fue la radio. Me contaba emocionadamente que inició en Caicedonia, en la emisora Armonías Vallecaucanas, de la mano del inolvidable Víctor Norbelly Torres y luego en varias emisoras de Armenia, incursionando en varios frentes del quehacer radial, por su hermoso tono de voz y su enorme capacidad para improvisar sobre diferentes temas. Averiguando me pude enterar que fue escasa la preparación académica de Jorge, porque en aquellos tiempos, para el hijo de una familia humilde, pobre y numerosa, estudiar era casi que un imposible, después de terminar la educación primaria.
Por eso sí que lo admiraba, porque demostraba que era un hombre muy inteligente cuando enfrentaba cualquier reto de los que abundan en el ejercicio de la profesión radial y el periodismo. Obcecado cuando se le metía una idea, haciendo hasta la imposible para sacarla adelante. A él le gustaban las luces de las marquesinas; el anonimato no fue una condición para su vida, por eso fue amigo leal e incondicional del poder, codeándose con quienes estuvieron en los puestos más altos del gobierno y de la historia en el departamento que él vio nacer, recreándose al contar todos los detalles de la gran gesta creadora del 66.
Alguien dijo que "para conservadores los liberales" y a Jorgito se le podría decir que para liberal el godito. Tenía ideas nuevas y cuando tocaba estar al lado de un opositor político que lo convencía, no tenía problema en hacerlo. Por eso fue siempre un alfil de la gran Lucelly García de Montoya, brillante lidereza del partido liberal, marcando toda una época en la política de la comarca. Así era el hombre: buen bohemio, sin ser amigo del alcohol, amplio y generoso con sus amigos y duro e implacable al enfilar baterías contra alguien o algo que no le cuadraba.
Lo evoco en la fecha del 25 de enero, cuando vivimos la terrible tragedia del terremoto, sin llegar a pensar jamás que también un 25 de enero él atendería el llamado del Altísimo. Lo recuerdo, transmitiendo en la calle, al frente del edificio de la Cámara de Comercio, donde estaban las emisoras de RCN. Allí él le anunció al mundo que Armenia no había desaparecido, que habíamos tenido una gran tragedia, pero que era una ciudad valiente, dispuesta a levantarse, como efectivamente ocurrió.
Luego tuvimos que corrernos unos metros hacia el sur, al Parque Cafetero, porque la escena dantesca que comenzaba a montarse, no nos dejaba tranquilos.
Nunca supe por qué razón decidió quedarse solo, día y noche, al frente de la información; a todos los demás nos mandó para la casa. Y por eso fue una voz que le relató al mundo lo que le había sucedido a Armenia y al Eje Cafetero.
Tuvo cuatro discípulos muy adelantados en la formación periodística: Carlos Silva Mejía, Miguel Ángel Rojas Arias, Juan Diego Lozano y Rubiela Tapazco. Algunos de ellos aún están en la batalla diaria del periodismo y llevan la impronta del gran referente quindiano, cuyo aporte y cuya pasión por el oficio y por su ciudad, fueron siempre una constante para ayudar a hacer más grande esta tierra.
Me hubiera gustado haberlo tenido muy cerca ahora, cuando circunstancias de la vida nos han planteado nuevos desafíos y experiencias gratas, aunque también habría tenido que asistir a este inocultable desmoronamiento de la radio que él y yo tuvimos el gran honor de compartir por tantos años.
Donde estés, viejo, te digo lo de siempre: Olvídate, que vamos es para adelante y lo tuyo es la gloria que crece con tu ausencia.