MUJER/ Reclamo de un otoño ardiente

7 marzo 2024 11:31 pm

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Un relato de Alberto de la Espriella

Aunque Armenia no tenga estaciones, la vida sí.  Y la vida es energía, genio, pasión, sensaciones; todo eso y más, en frases tantas veces expuestas, como ‘el deseo de vivir’, ‘las ganas de estar vivo’, aun en su otoño inevitable.  Deseo y ganas, he ahí el quid de este asunto, el cual no es que agobie, pero tampoco deja de llamar la atención al lóbulo cerebral correspondiente, no se ya si es el izquierdo o el derecho.  

El hecho es que, de un tiempo para acá vienen siendo varias las protagonistas de aquellas películas fantasiosas que se proyectan en la pantalla de una trajinada existencia o sobre un telón improvisado en el subconsciente, donde se supone está localizado el sentimiento. Son imágenes que surgen durante alguna salida a la ciudad o en los paseos cotidianos del ocio, condimentadas con la libido, – ingrediente que el ser humano jamás olvida, aun en los años reposados -, acumulado en experiencia inactiva.  Se añaden las conversaciones espontáneas, los coqueteos casuales y la controvertida virtud de observar.  

Han pasado muchas Paulas y Paolas, Andreas y Estefanías, Leidys y Yoanas, Lorenas y Katherines… lo que llama íntimamente la atención y se cuestiona, es el estilo de vida que las define. Ese detalle común que, por algún motivo arcano, ¿seduce?  Sí, eso es exacto: seduce.

Todas nacieron cuando las reinas de belleza, alguna modelo y una que otra cantante o actriz eran tan importantes para los colombianos, que inspiraron los nombres de sus hijas; en los años en que comenzó a ser más importante tener cosas que poseer valores morales, porque la cultura nueva de la vida fácil no los necesitaba, al contrario. Todas crecieron sanas, aunque padecieron el terremoto, y desarrollaron cuerpos de proporciones divinas. Todas acariciaron su título de bachiller para huir de los cafetales, pero se les acabó el entusiasmo… o el camino les fue truncado por algún suceso nefasto y tampoco pudieron correr el riesgo en Europa, como tantas otras.

Todas tuvieron el anhelo pasajero de ser la elegida por un hombre joven y audaz, capaz de darles sin mayor esfuerzo aquello costoso e innecesario que se empezó a poner de moda. Todas quisieron ser las reinas coronadas de un hombre rico a cualquier coste. En aquél tiempo a esa clase de hombres los venían matando a mansalva y sin cuartel. Internet recién había llegado. En edad de merecer, el marido indicado jamás apareció y con el tiempo raudo sus corazones recelosos se cerraron a cualquier “relación estable”, o al menos a un sugar daddy, – que hoy ‘es tendencia’- muy lejano de las ilusiones que regresan como colección de estación.  

Todas esas mujeres, con su belleza auténtica sin artificios; su mestizaje ardoroso, su simpatía natural y mirada transparente; su talento insospechado y de ‘algo’ tatuado en algún lugar de sus curvas esplendorosas, fueron privadas por el destino del éxito amoroso y la comodidad del hogar soñado, y descubrieron que la felicidad no existe. Hoy ellas sobreviven la realidad en solitario, ejerciendo oficios duros, sometidos, modestos y todas ya pagaron o lo están haciendo, su Honda C-160, que cuidan tanto como a una hija.  Curioso: ninguna da lado para invitarla a bailar una noche al centro, o a un cine en Plaza Flora, porque quizá las herramientas para el amor ya no van con ellas.

Todas conservan un encanto juvenil particular que las hace ver diferentes y muy atractivas, de pronto por su renuncia voluntaria a algunos placeres del mundo y la carne, aunque ninguna asiste a la iglesia. Eso sí, todas tienen ‘su pero’, grande o pequeño, y tolerarlo es obligación.  

En el ilusorio, cada historia de amor generoso y furtivo; de pasión clandestina atrevida, se inicia en el restaurante que sirve almuerzo ejecutivo, en el negocio de apuestas del mall comercial, en la recepción del edificio, en el kiosco turístico del parque de Salento, en la oficina de servicios contables, o en una caja registradora de Mercamos. Es imaginada a partir de cualquier atracción recíproca aparente, que ahora llaman ‘química’; en los años maravillosos era un claro cambio de luces. ‘Siga, bien pueda entre, sí, entre… es con mucho gusto’. 

Cada película tiene su trama y su drama en un guion que la mente, peligrosamente romántica y proclive al éxtasis precoz, urde en cuestión de minutos; aunque inevitablemente después de reflexionarlo en frío, y por horas, las conduce al mismo final decepcionante de una balada triste. “Cuarenta y veinte” fue una diferencia de edades amorosas mal vista; actualizada a la expectativa de vida de hoy, “setenta y treintaicinco”, es algo escandalosa.  A partir de ahí y con el setentón irremediablemente casado, aunque hace años no ejerce, cualquiera podrá deducir las dimensiones del ‘fracaso’ al final de la cinta… El ‘pesar’ antecedido por inolvidables momentos de goce pleno en juegos eróticos prohibidos; por el sabor de la conquista difícil y desde luego por la dicha inmarcesible de la posesión de un cuerpo idílico en madurez plena y belleza exótica, con sus húmedos rincones deliciosos estremecidos en la entrega total, ausente todos sus años. Y por el alivio de salir airoso en la faena. El placer inmenso de dar y la gran emoción de recibir.  

Por eso, cuando las ilusiones regresan de prolongadas vacaciones, cargadas de físico deseo para hacerse sentir, el riesgo de perder y extrañar esas delicias duele en el fondo del alma. O en donde se ubican el deseo y las ganas.   Además, todas ellas, “que no queda otro camino que adorarlas”, lo más probable es que vuelvan extenuadas del trabajo con sus cuerpos perfectos sin aliento y su espíritu de lucha sin fuerzas y sin ganas. Incapaces de satisfacer como es debido el deseo del amante otoñal, ávido y creativo, que espera ansioso en la alcoba principal. O en la cocina, o atendiendo a sus mascotas en el patio trasero de la casita en Puerto Espejo que él les ha comprado en secreto. ‘Espere sentado, mi viejo’.

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